jueves, 1 de enero de 2009

La telebasura no es nada nuevo; AÑO 1987 ...


No he podido resistirme a transcribir un texto , extraído del libro "Nación Prozac" de la norteamericana Elizabeth Wurtzel (título altamente recomendable) , en el cual la autora, a raíz de una invitación para asistir al show de Oprah Winfrey , analiza el fenómeno de la telebasura en EE.UU allá por el año 1987. Pues bien, ya hace 22 años de eso y parece que algo que ya debería estar demodé , superado y enterrado, sigue en plena vigencia y creciendo...

Es impresionante leer algunos párrafos en los que uno puede reconocer fórmulas actuales de realities y programas de testimonios que , a día de hoy , estan en lo más alto de la parrilla televisiva en todos los países occidentales:


"No sólo será televisada la próxima revolución, sino que también lo será cualquier ridícula estupidez. Era algo que ya estaba ocurriendo: reuniones televisadas entre hijos adoptivos y sus padres naturales; encuentros entre un marido, su amante y su esposa; discusiones entre asesinos condenados a la pena de muerte - entre rejas, vía satélite- y los familiares de sus víctimas; un cara a cara entre una víctima de una relación incestuosa y el familiar que había abusado de ella; encuentros entre un cirujano plástico corrupto y las mujeres cuyas caras había deformado irremisiblemente por utilizar , a fin de reducir las arrugas, inyecciones de silicona que resultaron tóxicas; un sacerdote, un rabino, un monje, un pastor protestante ( y no es un mal chiste) que se han acostado con miembros de sus respectivas congregaciones... Todas estas cosas se ven en televisión, lisa y llanamente, por el aire, sin necesidad de modernas conexiones, en un solo día.


Para muchísimas personas, o al menos para los invitados que han sido carnaza de programas como éstos, no hay nada excesivamente sagrado y por tanto merecedor de poner a salvo de la lente de las cámaras. Llegó a existir un listado por ordenador, una base de datos en la que se hallaban los nombres de las personas deseosas de aparecer en programas de este tipo, dispuestas a describir con todo lujo de detalles sus locuras particulares, sus excentricidades y sus discapacidades. Muchas de las personas que han consentido hablar de sus vidas privadas ante millones de de telespectadores dirán que sólo han compartido sus historias por pensar que ésa es una manera de consolar a otras personas que sufren como ellas, de formar una conciencia pública frente a determinados problemas, de actuar como portavoces de un dolor en particular. Ninguna de ellas admitirá jamás que todo fue mera cuestión de niveles de audiencia, vouyerismo y escabrosidades, de grotesca curiosidad. Ninguna sería capaz de imaginarme a mí y a mis amigos en la habitación de un colegio mayor , viendo estos programas a última hora de la tarde, tranquilamente, riéndonos de su estética kistch. Todos estarán convencidos de haber hecho algo bueno. De hecho, Diane intentó de entrada venderme todo el asunto de mi presencia en Oprah! diciendo que se trataba de un servicio público. Cuando sólo quería que apareciera yo, a punto estuve de tragármelo; cuando empezó a hablar de mi padre y de mí, los dos juntos, me di cuenta de que todo era puro montaje, el mundo del espectáculo , y me puse enferma.


Aun así, Diane me siguió llamando día tras día, a la oficina y también a casa, por las tardes. No tenía contestador automático, así que aquel fin de semana me fui a casa de mis primos para escapar del sonido del teléfono, de los espantosos pitidos(...) "

"Nación Prozac" , Elizabeth Wurtzel (pp. 171-172)